"Es sólo que cuando alguien muere, pensamos que ya se ha
hecho tarde para cualquier cosa, para todo –más aún para esperarlo-, y nos
limitamos a darlo de baja. También a nuestros allegados, aunque nos cueste
mucho más y los lloremos, y su imagen nos acompañe en la mente cuando caminamos
por las calles y en casa, y creamos durante mucho tiempo que no vamos a
acostumbrarnos. Pero desde el principio sabemos –desde que se nos mueren- que
ya no debemos contar con ellos, ni si quiera para lo más nimio, para una
llamada trivial o una pregunta tonta (‘¿Me he dejado ahí las llaves del coche?’,
‘¿A qué hora salían hoy los niños?), para nada. Nada es nada. En realidad es
incomprensible, porque supone tener certidumbres y eso está reñido con nuestra
naturaleza: la de que alguien no va a venir más, ni a decir más, ni a dar un
paso ya nunca –para acercarse ni para apartarse-, ni a mirarnos, ni a desviar
la vista.
No sé cómo lo
resistimos, ni cómo nos recuperamos.
No sé cómo nos olvidamos a ratos, cuando el tiempo ya ha
pasado y nos ha alejado de ellos, que se quedaron quietos."
"Los enamoramientos"-Javier Marías
