En estos últimos meses me ha asaltado una duda bastante extraña...
¿Cuántas veces aprendemos a caminar?
Pensareis que solo una, pero yo me he dado cuenta de que son infinitas.
Pequeños bebés dando pequeños pasos, cada uno de ellos más importante que el anterior.
Pequeños y torpes pies que se encuentran y se pisan, se tropiezan.
Pequeñas caídas que provocan grandes llantos, y en ocasiones, grandes heridas.
Pequeños deditos que se aferran a cualquier bordillo, como si de un precipicio se tratase.
Y es que, en ocasiones, lo son.
Pequeñas cicatrices que quedan de esta lección.
Yo me siento así desde siempre...
El primer día de cole, ese día en el que aprendes a estar toda la mañana sin mamá y sin papá, ese día en el que prácticamente inundas tu clase de preescolar con tu llanto.
La primera excursión nocturna con el cole, esa primera noche en la que duermes fuera de casa, y los nervios te inundan de tal manera que casi no puedes conciliar el sueño.
El primer beso, ese que tanto esperas y que, realmente, defrauda tus expectativas.
El comienzo del instituto, el hacerte "mayor" y no tener que llevar el uniforme del cole.
La primera vez que te pones unos tacones, te maquillas, te depilas o te peinas tú misma.
La universidad, ese gran lugar en el que aprendes quien eres y comienzas a labrar un futuro del que, con suerte, vivirás.
El comienzo de una vida fuera de casa, lejos de la protección parental.
Todos son comienzos que significan volver a aprender a andar.
En esta nueva andadura mía, he encontrado muchas piedras en el camino.
Algunas, puestas ahí desde siempre.
Otras, asignadas por el destino.
Las demás caían de mi propia cosecha, de lo que arrastro dentro de mi maleta.
Mi maleta...
Sí, esa que el primer día de clase perdí, y luego encontré.
Sí, esas que me mandé por SEUR y que tardaron dos semanas en llegar.
Pero eso, son los siguientes pasos.
Sed pacientes, pronto os contaré mis anécdotas.

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